Por Pablo Bello
Grand Rapids, Mich. (tiempolatin.com).- La tía Jessie siempre fue muy amable con nosotros, siempre nos estaba invitando a su casa para cenar, comer o para ir a los juegos de béisbol en el Tiger’s Stadium en Detoit, Michigan.
Su salud se fue deteriorando al paso de los años, poco a poco, y un día nos avisaron que la tía Jessie había fallecido, Georgine voló junto con Raquel a Detroit para estar presente durante su funeral, y yo me quedé para trabajar como editor de un semanario en español en Springdale Arkansas y meses más tarde inicié otro trabajo en The Morning News como reportero.
Recuerdo la primera noche que pasé solo, después de que Georgine y Raquel fueran a Detroit, no sé si lo soñe o fue algo real, pero la tía Jessie apareció al pie de la cama, estaba vestida con su camisón azul, estaba parada sonriendo, todo lo que pude hacer fue mirarla, tenía temor, pero mi temor no se convirtió en terror o pavor, era un temor extraño, porque quizás estaba soñando o estaba despierto.
El cuarto estaba oscuro porque ya era la medianoche o quizás más tarde, pero el cuerpo de la tía Jessie irradiaba luz, una luz brillante que iluminaba su cuerpo completamente, pero no iluminaba la habitación, algo extraño, pero que no me causaba terror o pavor.
La tía Jessie estuvo parada por unos minutos más y luego como vino desapareció, cuando Georgine regresó se lo conté, recuerdo que mi abuela también vino a despedirse de mí cuando falleció, un reloj despertador cayó del librero donde estaba, yo estaba somnoliento y lo vi caer del librero en la cama, segundos después el teléfono sonaba para decirnos que la abuela había fallecido.
De mi abuela recuerdo su espiritualidad, durante el día de muertos, no teníamos fiesta como en otros lugares, los adultos se iban de fiesta, pero nosotros los niños nos quedábamos en casa a esperar a nuestros muertos, que ni idea tenaimos que existían, pero que la abuela seguro recordaba y veneraba con un misticismo insólito, la casa casi a oscuras, y sólo la luz de las veladoras alumbrándonos, no estábamos tristes tampoco, pero había un silencio solemne en la casa y respeto por nuestros muertos, esa era la manera que la abuela veneraba a sus muertos, y que ha quedado grabado en mi memoria, y luego el pan de muerto, y el dulce de calabaza cocida con piloncillo y leche y la comida exquisita para esa celebración.
Con mi otra abuela fue lo mismo, vino a despedirse, un pocillo de plástico cayó del estante sin razón, yo vivía en San Francisco en un anexo de una antigua iglesia en el corazón del barrio de La Misión, el barrio latino de la ciudad, estoy seguro de que había espíritus en esa casa, al lado había una escuela, seguro que había un cementerio en algún lugar muy cerca de la iglesia, pero mi experiencia con la tía Jessie fue diferente.
La tía Jessie apareció en mi sueño o apareció al pie de mi cama para despedirse.