Por Pablo Bello
Encontré a José o él me encontró a mí en la estación de autobuses de Tijuana, José vendía manzanas cubiertas de caramelo, quien sabe si fue la casualidad pero me dijo que me podía quedar en su casa, su hogar no estaba lejos y yo necesitaba un lugar para descansar. Me dijo que ya pronto terminaría de vender su mercancía y nos podríamos ir a su colonia.
El camión viajó casi 20 minutos por las Dunas de Tijuana, nunca pensé que la ciudad fuera tan grande, mis pies se enterraron en la fina arena cuando llegamos a su colonia, un asentamiento irregular, no había drenaje y tampoco había agua, subimos una duna, era el desierto y no podía creer que los alrededores de la zona metropolitana fueran tan desérticos.
Llegamos a su casa y en la cama había un niño como de 11 años discapacitado, parecía que tenía parálisis cerebral, era el hijo de José, y trataba de hablar pero sólo emitía sonidos guturales, su esposa era tan bien amable.
En el colmo de la ignorancia le pedí una cerveza, no sabía que José las vendía para ganarse un dinero extra, ahora entendía porque me había invitado a su casa, esperaba que dejara mis cosas en su casa, sabía que iba rumbo al norte y que no necesitaba llevar tantas cosas conmigo.
El piso era de tierra y las paredes de láminas y pedazos de tablas, el techo de lámina de cartón, apenas podía con el asombro, eran felices, a pesar del sufrimiento que debe ser tener un hijo discapacitado, no se veían mal.
Viví varios días en su casa, José vendía cerveza y otras cosas en su casa, me parece que también vendía dulces y comestibles, traía mercancía para venderla en la colonia.
A pesar de la pobreza evidente su hogar era acogedor, José me contó que a Paco su hijo, tenía que llevarlo al doctor de vez en cuando, me imagino que recibía alguna clase de asistencia del gobierno, pero no creo que mucha, en México casi no existen los servicios sociales y creo que menos en Tijuana.
Tijuana es una ciudad de inmigrantes, decenas de personas llegan diariamente a la zona metropolitana con rumbo al norte, muchos no pueden pasar la frontera y se quedan varados ahí, por eso es que es un lugar que crece a pasos agigantados.
Era invierno y hacía frío, empezó a llover y nos fuimos a dormir sin pensar lo que nos esperaba, por la noche tuve un sueño o quizás una aparición, mi tía Jessie la tía de Georgine, apareció al pie de la cama con una bata de dormir que resplandecía, siempre fue muy elegante, y me dijo que me levantara y que buscara refugio porque la lluvia iba a inundar la colonia.
Me levanté sin pensarlo y desperté a José, lo que parecía una simple lluvia se había convertido en tormenta, el agua se colaba por todos lados de la casa y chorros de lodo corrían por las calles de la colonia.
Juanita una de las vecinas de José, también vino a decirnos que teníamos que salir de la colonia, ya se oían los carros de bomberos rescatando a las personas.
José sacó a Paco entre sus brazos y con las pocas pertenencias que pudimos rescatar nos subimos al carro de bomberos, aunque bajar la duna fue peligroso, los pies se nos atascaban en el lodo.
Llegamos a un albergue en Tijuana en donde nos recibió la orden religiosa de la Madre Teresa de Calcuta, nos dieron de comer y pudimos pasar la noche a salvo de la tormenta, mucha gente se ahogó porque no pudieron rescatarla a tiempo.
Después de unos días me fui de Tijuana y le dejé a José la mayor parte de mi equipaje, más de la mitad, me fui con rumbo al norte, siempre que reniego de la vida me acuerdo de José y su familia, a pesar de lo difícil que debe ser perder todas tus pertenencias y cuidar a su hijo y cargar a su hijo en los brazos a todos lados, José lo cargaba con gusto, con una sonrisa en la boca, y le hablaba con mucho cariño.